Nos quieren imponer la teoría del relativismo social: la idea de que todo da igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos estudiantes.
Nos quieren hacer creer que los derechos de la víctima cuentan menos que los del delincuente. Que la policía no tiene que actuar contra quienes violan las leyes, que el buen comportamiento está fuera de moda, que no hay nada sagrado, nada admirable. Quieren terminar con la escuela de excelencia y del civismo, para implantar el adoctrinamiento de la filosofía del piquete. Asfixian sin titubear los escrúpulos y la ética de las nuevas generaciones.
Una izquierda hipócrita que permite el triunfo del depredador sobre el emprendedor. El mensaje kirchnerista es claro: vivir sin obligaciones y gozar sin esfuerzo, total el Estado paga la ronda.
Esa izquierda montonera que el mismísimo Juan Domingo Perón echó de la Plaza hoy está en la política, se pasea por los medios de comunicación y no pierde ocasión de tergiversar la realidad económica.
Le ha tomado el gusto al poder y sin lugar a duda se volvió adicta. Hay que restablecer la cultura del trabajo. Nos vemos en la obligación moral de derrotar la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas, que piensan que son intocables, que lo saben todo y que condenan al capitalismo mientras lo practican de forma execrable.
La única salida es el cambio de timón, para que nuestra nación pueda volver a los valores perdidos del trabajo honesto, el respeto, la educación, la cultura y las obligaciones antes que los derechos.

